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Destino: ¿Condena Inapelable?

Decía llamarse Toño, y en una esquina hacía esfuerzos para trepar a los autos, intentando limpiar un parabrisas. Extendía la mano, y se conformaba con unas cuantas monedas. Pero una tarde, la desesperación y la derrota, le llevaron al extremo: no podía llevar más tiempo dentro del pecho el dolor del alcoholismo de la madre que le arrojó al abandono de la calle cuando tenía tan sólo cinco años. Entonces Toño, con la mirada húmeda, fija en la puesta del sol, comenzó a inhalar.

Primero fue cemento, luego resistol. Después, conforme se acumularon atardeceres en el callejón que ocupaba como residencia, las monedas no alcanzaron más.

Entonces, tuvo que cobijarse bajo el manto de quien controlaba el barrio, y de inmediato le asignaron funciones, precisamente en la esquina que ocupaba limpiando autos. Ahora, ya no tiene que brincar para limpiar un parabrisas -ya alcanza-, tiene catorce años y la sombra incipiente del bigote le hace lucir distinto. Ahora, las monedas son un símbolo que recuerda el comienzo, porque el negocio está en conocer al cliente adecuado, y en un movimiento rápido, como lince, intercambiar una “grapa” o una “tacha” por el billete preciso.

Toño pudo haber aprendido a leer, quizá hubiese sido un buen músico, un eficiente mecánico o un hábil técnico en sistemas de computación, pero la vida le negó el derecho de elegir el derrotero de su destino y nadie se acercó; nadie se interesó por un niño callejero, andrajoso y grosero.

Ahora, ni tú ni yo podemos ver a los ojos a Toño y sostener su mirada. Ni tú ni yo tenemos el derecho de recriminarle, porque tú y yo, que sumamos una comunidad, no hemos hecho lo preciso para intentar que cada vez más personas tengan una oportunidad.

No cambiaremos el mundo, pero si la perspectiva de algunas vidas que, aisladas, claman por nuestra comprensión, solidaridad y compromiso. Hoy, tú y yo sí podemos elegir, tenemos un proyecto común, acerquemos la ayuda a quien verdaderamente la necesita. Impongamos a nuestra comunidad la cualidad esencial de la dignidad olvidada.

Recuerda que una palabra a tiempo, un plato de alimento, un juguete oportuno, un medicamento, pueden evitar que el futuro sea una condena inapelable para muchos que, como tú y yo, pero con menos suerte, también tienen el mismo derecho de aspirar a la felicidad.

La comunidad eres tú. En la medida en que ella crezca, tendremos todos un mejor lugar para vivir. Convoca a los demás hoy, reafirma tu compromiso, y juntos tendamos la mano a quien no tiene de donde asirse. Nuevamente, ganemos el derecho de sostener esa mirada neutra, fría, con la que nos miran quienes necesitan de nosotros y no reciben respuesta. Así, individualmente, comenzaremos a recibir al tiempo de dar.

Twitter: @avillalva_

Facebook: Alfonso Villalva P.